Colaboraciones

25. nov., 2016


Un día, sin aviso, te sentí
Aletear dentro del pecho.
Tus alas batían fuerte
Rompiéndome los huesos.

No sé muy bien cómo
Escapaste de mi cuerpo,
De repente vi tu sombra
Saliendo veloz al cielo.

Volabas alto, ¡muy alto!
Cada vez más lejos del suelo.
Alto creías volar, pero,
Aquello nunca fue Sol,
Corazón, solo fuego.
Intenso, breve, pasajero.

La caída, tan dura…
Tan chamuscadas las plumas.
La esperanza, perdida,
Una sima oscura.

Fue largo, pero llegó.
Las llagas tuvieron cura.
De tus fuertes alas
Arrancaste negras plumas.
Ahora estaban desnudas.
Quedaron a tu espalda,
Vacías, atadas, mudas.

Y comenzaste a caminar,
Sin pausa, sin llanto.
-¿Por lo que he perdido
Tal vez debería llorar?
No, mejor seguir andando.-

Andando…
Andando…

Por el limo suave.
Por el duro asfalto.
Por la hierba fresca.
Por el suelo áspero.

A veces se te ve solo
Junto a ese acantilado
Las alas abiertas
Mirando callado.

En esas veces aún
Te siento pensar:
“tuve suerte, mucha suerte,
Suerte de haber volado
Movido por corrientes
Cálidas, subiendo
Hacia mi ocaso.
Pero más suerte tuve
De haber andado…

Por el limo suave
Por el duro asfalto.
Por la hierba fresca.
Por el suelo áspero.

Conociendo los rincones
De otros corazones,
-¿Menos intensos?
No, más humanos.-
Corazones llenos,
Llenos de vida,
Manchados de barro,
Barro…
De haber andado"

Alba Martín Gómez
21. may., 2014
Mi primer amor se llamaba Pepillo, y era un bar. Allí besé por primera vez, aunque no recuerdo a quién, pero sé que estaba en Pepillo. O me fui de allí. No. Se fue Pepillo. Y yo seguí besando en otros bares, sintiendo la inquietud de quien pone los cuernos.
A Pepillo, más que irse, le derribó el "poderoso caballero", sin embargo, su impronta se alojó en pedazos en otros edificios, en abrazos fugados y en vestidos tiernos.
Probé después sus patatas dos salsas, pero me supieron a euros. Aún huelo al señor Navarro en las chaquetas de los camareros. Chaquetas largas, enjutas, con poco pelo, y que con voz de trabajo, van dejando las cañas con la espuma del tiempo. Un tiempo que pasa y no pasa porque muchos lo llevamos dentro. Risas, carcajadas, enredos y arreglos.
-A las doce en Pepillo.
-Hecho.
Dicho y hecho. Mejor dicho, borrón y cuenta nueva. ¿A quién le dieron cuentas? Cerraron con frialdad la caja registradora y se llevaron el féretro a la fosa de los muertos.
Asentando la cabeza, sus nuevas mesas se convirtieron en préstamos. Los rostros relajados se maquillaron de estrés crónico. Los besos y abrazos se hicieron preferentes sin dueños, presos en la demolición de un símbolo que resucita a un muerto. Gracias Eduardo por regresar a Jacinto Herrero. Has revivido en el club de lectura de la UNED el DNI del tiempo.
 
Un beso para todos Ana Serna.
27. mar., 2014

Llego al parque, hace calor y sólo unos pocos niños juegan. Me dirijo hacia uno de los bancos que hay bajo la arboleda y veo sentada a una anciana de respetable edad. Elijo el banco situado justo frente a ella. Mira a los niños que juegan detrás de mí con un velo de recuerdo empañando sus ojos. Su expresión me incita a sentarme junto a ella e intentar ver el mundo desde sus años.

Al sentarme en el banco yo también veo a los niños jugar y también un velo de recuerdos con sabor a dulce y juego me cubre los ojos, es la inocencia perdida, nunca volverá.

Cuando envejeces - dice mi momentánea acompañante -  recuperas parte de eso que perdimos, eso que anhelamos de nuestra niñez, espero que el morir sea recuperarlo todo, hasta la vitalidad de los niños y jugar para siempre en el parque, sin miedos, pena o preocupaciones.

Me despierto, sin anciana y sin parque, abriendo los ojos al cruel paso del tiempo. Y es que solo soy una anciana en el cuerpo de una joven que anhela ser una niña, otra vez y para siempre.

Alba Martín Gómez