21. may., 2014

Reflexiones sobre "Pepillo"

Mi primer amor se llamaba Pepillo, y era un bar. Allí besé por primera vez, aunque no recuerdo a quién, pero sé que estaba en Pepillo. O me fui de allí. No. Se fue Pepillo. Y yo seguí besando en otros bares, sintiendo la inquietud de quien pone los cuernos.
A Pepillo, más que irse, le derribó el "poderoso caballero", sin embargo, su impronta se alojó en pedazos en otros edificios, en abrazos fugados y en vestidos tiernos.
Probé después sus patatas dos salsas, pero me supieron a euros. Aún huelo al señor Navarro en las chaquetas de los camareros. Chaquetas largas, enjutas, con poco pelo, y que con voz de trabajo, van dejando las cañas con la espuma del tiempo. Un tiempo que pasa y no pasa porque muchos lo llevamos dentro. Risas, carcajadas, enredos y arreglos.
-A las doce en Pepillo.
-Hecho.
Dicho y hecho. Mejor dicho, borrón y cuenta nueva. ¿A quién le dieron cuentas? Cerraron con frialdad la caja registradora y se llevaron el féretro a la fosa de los muertos.
Asentando la cabeza, sus nuevas mesas se convirtieron en préstamos. Los rostros relajados se maquillaron de estrés crónico. Los besos y abrazos se hicieron preferentes sin dueños, presos en la demolición de un símbolo que resucita a un muerto. Gracias Eduardo por regresar a Jacinto Herrero. Has revivido en el club de lectura de la UNED el DNI del tiempo.
 
Un beso para todos Ana Serna.